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En Sólo Se Vive Dos Veces, quinta película en la franquicia de James Bond, el espía más famoso del mundo tiene que intercambiar su inmaculado smoking por un atuendo de pescador campesino japonés. La vestimenta no lo es todo, también tiene que peinarse como los nipones e incluso maquillarse los ojos para alargarlos.

En realidad se parecía más a Spock de Star Trek que a un japonés, pero como es cine y película Bond lo dejaremos pasar.

Todo esto con el fin de infiltrar la base volcánica del malvado Blofeld, mandamás de la organización terrorista SPECTRE – quien, para variar, ha divisado el plan perfecto para conquistar el mundo.

Y aunque no hayan visto la película, ya saben cómo acaba esta historia. 007 evita guerra nuclear, salva al mundo y se queda con la chica.

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Lo que el director y los productores no sabían, quiero pensar, es que tomaron inspiración del maestro del disfraz original, el científico botánico escoses Robert Fortune, autor de uno de los robos más significativos y determinantes de la humanidad.

En 1848 la Compañía Británica de la Indias Orientales o EIC por sus siglas en inglés, mandó a Fortune a áreas remotas y montañosas de China para recolectar plantas de té y traerlas de vuelta a la India, ya territorio del Reino Unido, para iniciar su propia industria de té.

En ese entonces, la entrada de foráneos a esas tierras era ilegal, y si la gente hubiera sabido el propósito de la visita, lo hubieran interpretado como una declaración de guerra. Eso poco le importaba a la EIC, a estas alturas ya eran la empresa más poderosa del mundo. Capaz de comandar ejércitos, gobernar países e influenciar mercados mundiales. Gran parte de este poder se lo debían al Reino Unido y su adicción al té.

A pesar de que el té había conquistado a los británicos, como ellos al resto del mundo, no tenían ni la más mínima idea de cómo se hacía. Algunos sugerían que si se ponía contra luz del sol, el té revelaría sus secretos. Así de perdidos estaban.

La misión de Fortune tenía dos metas, traer la planta del té y documentar el proceso de preparación. Pero como ya mencionamos la receta del té chino era secreto de estado. Nuestro amigo Fortune necesitaría una dosis de fortuna. La EIC le pudo proporcionar un asistente llamado Wang, él será el Sancho Panza de esta historia. Vistió a su nuevo Don Quijote escoces en prendas de estilo mandarin tradicional, le dio un amplio sombrero para cubrir sus facciones pálidas, le cortó las patillas y lo rasuró hasta que quedara como nalga de bebé. Le dio un curso relámpago para que aprendiera a expresarse cortamente pero con propiedad. Siempre caminaba por delante y cuando llegaban a una fábrica de té, introducía a su maestro como un gran y noble señor que venía a observar el proceso de preparación.  

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Lo primero que Fortune observó es que el té verde y el té negro vienen de la misma planta (camellia sinensis) y el proceso comienza igual para ambos. Las hojas son puestas en un sartén gigante y el aroma particular del té llena el ambiente. Cuando soltaron todo su jugo, las hojas son aplanadas con un rodillo para sacar hasta lo más óptimo. En su bitácora, Fortune lo describió como un panadero amasando su masa.

En ese momento, las hojas que serán té negro son dejadas al sol para fermentar y eso – a grandes rasgos – es la diferencia entre el té verde y negro.

Una vez que ya tenía el proceso documentado, Fortune notó que las manos de los obreros trabajando con las hojas de té estaban azules, azules como pitufos. Al observar las etapas finales del proceso, vio como insertaban un polvo azul al té, un polvo llamado cianuro, que en grandes dosis es letal, pero en pequeñas cantidades, causa mareos y dolor de cabeza. También descubrió que el té lo preparaban con un yeso que olía a huevos rancios. La substancia estaba hecha con sulfuro de hidrogeno, utilizado más adelante en la Primera Guerra Mundial como gas mostaza.

El descubrimiento más oportuno de Fortune fue que los chinos estaban envenenando a los ingleses con su té. Con esta nueva información, la industria de té en India pudo florecer, con productos completamente naturales y así convertirse en el fenómeno que conocemos hoy.

Cuando vengas a Cassava Roots por tu Black Dragon o Jasmine Green Tea, dale las gracias al James Bond del té, Robert Fortune, el maestro del disfraz original. 

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